Pasear por Cádiz suele empezar por recorrer el centro histórico, el «casco antiguo». Cádiz es una península. El «casco» se parece a una chuleta (imagen encontrada por Eli, la segunda guiritana) rodeada por el Atlántico. No hay riesgo de perderse si se sigue la costa, siempre se acabará volviendo sobre los propios pasos o dando vueltas «de verdad» en círculo. La historia de los ficus de Mora empieza así.
Está frente a la playa de La Caleta (que vio pasar a James Bond) donde se encuentran estos dos gigantes. Monumentales. Iluminados como si fueran una «Torre Eiffel» o un «Empire State». La curiosidad, el orgullo de la ciudad. Los dos ficus de Mora, como se les llama aquí. Tienen su propia señalización y sus carteles.
Ficus de Mora
Mora, mira, una especie que no conozco.
En Cádiz hay cuatro especies de ficus: los«Ficus elastica»o árboles del caucho, originarios de Asia; los«Ficus microcarpa», de hoja pequeña, también de Asia, o laureles de la India importados a Cádiz; y los«Ficus rubiginosa», originarios del este de Australia. Y los ficus de hojas grandes: los«Ficus macrophylla», también de Australia. También se les puede llamar Ficus Magnolia, ya que el reverso de sus hojas es de color marrón rojizo, como el de la magnolia.
Cuatro especies para dar la vuelta al mundo en 60 lugares donde encontrarlas mientras paseas por Cádiz.
Entre el Cádiz histórico del «casco antiguo» y «Puerta de Tierra», la ciudad nueva.
¿Y Mora?
Lleva el nombre de una de las principales familias benefactoras de Cádiz de finales del siglo XIX y principios del XX. Dotó a Cádiz de un hospital moderno cuando faltaban infraestructuras. Hoy en día, el hospital se ha convertido en la Facultad de Ciencias Económicas.
Hay dos «ficus macrophylla» allí, frente al antiguo hospital. Es más, lo ocultan.
Ficus de Mora, la leyenda.
Se cuenta que, en 1903, dos monjas que se dirigían al norte de España se vieron obligadas a interrumpir su viaje; acababan de regresar de las Américas y habían llevado consigo cuatro jóvenes brotes de ficus que pensaban plantar en su convento.
Una de ellas había caído enferma, por lo que la escala en Cádiz resultó beneficiosa. Así que fue trasladada al Hospital de Mora.
Por desgracia, la vista del mar desde su habitación fue la última.
Como homenaje a la monja, dos de los cuatro arbolitos fueron plantados a los pies del edificio.
Más bien parecían bonsáis, ridículos frente al imponente edificio.
120 años después, nuestros bonsáis parecen baobabs, sus troncos tan retorcidos que resultan imponentes para el ojo inexperto.
Hoy, sus raíces llegan hasta la playa.
Algunas de sus ramas son tan imponentes que tienen que ser sostenidas por estructuras de hierro y hormigón. Hoy en día, los viajeros acuden aquí para hacerse selfies. ¿Las estrellas de la ciudad? Los ficus.
Los primos del jardín Alameda Apodaca
Por el contrario, al otro lado del «casco», siempre bordeando el mar, te encontrarás con sus dos «primos»: las otras dos plantas. Recuerda que las monjas habían traído cuatro plantas en macetas.
Ahí están, en el jardín Alameda Apocada. Un jardín congelado en el encanto de los años 20, en el momento de su restauración, donde conviven árboles y plantas exóticas, bancos y farolas de hierro forjado; además de cerámicas características de la región, frente a la bahía, frente a las codiciadas Américas del siglo de oro de Cádiz.
Así que un recorrido por Cádiz es también un recorrido por los cuatro ficus.
Y una vez hecho esto, toca perderse por la perpendicular. Sin llegar a perderse realmente, porque casi todas las plazas conducen al mar.
Y como en el tiovivo, puedes emprender de nuevo un recorrido encantado.
